Hoy he decidido compartir con ustedes uno de los momentos más importantes y que mas me gusta del tercer libro de la saga Los juegos del hambre "Sinsajo"
SPOILERS (no recomiendo que continúes leyendo si no quieres enterarte de lo que sucede en el tercer libro)
Me encanta la metafórica transformación de Katniss, su impotencia al ver morir a su hermana y la manera como la autora describe los momentos repletos de tensión.
Este momento al final del capitulo 24 y principios del 25 me encantó, espero que les guste.
Primero vislumbro una trenza rubia. Después, cuando se quita el abrigo para cubrir a un niño que llora, veo la colita de pato que ha formado su camisa al salirse y tengo la misma reacción que el día que Effie Trinket la llamó en la cosecha. Debo de haber perdido las fuerzas, ya que me encuentro sin darme cuenta en la base del asta y no sé qué ha pasado en los últimos segundos. Después empujo a la multitud, como hice en aquella ocasión. Intento gritar su nombre para que me oiga por encima del escándalo. Estoy casi allí, casi en la barricada, cuando me parece que me oye porque, durante un momento, me ve y sus labios forman mi nombre.
Es entonces cuando estallan los demás paracaídas.
¿Real o no? Estoy ardiendo. Las bolas de fuego que surgieron de los paracaídas salen por encima de las barricadas, atraviesan el aire cargado de nieve y aterrizan entre la muchedumbre. Estaba volviéndome cuando me acertó una, me recorrió la espalda con una lengua de fuego y me transformó en algo nuevo, en una criatura tan inextinguible como el sol.
Un muto de fuego sólo percibe una cosa: la agonía. Ni vista, ni sonido, ni otra sensación que no sea el implacable ardor de la carne. Quizá pase por momentos de inconsciencia, pero ¿qué más da si no me ofrecen consuelo? Soy el pájaro de Cinna, ardiendo, volando como loca para escapar de algo de lo que no puedo escapar: las plumas de llamas que me salen del cuerpo; si las bato no hago más que avivar el fuego. Me consumo sin fin.
Al final mis alas ceden, pierdo altura y la gravedad me tira a un mar espumoso del color de los ojos de Finnick. Floto sobre la espalda, que sigue ardiendo debajo del agua, aunque la agonía se convierte en dolor. Cuando voy a la deriva, incapaz de navegar, aparecen ellos: los muertos.
Los seres que amaba vuelan como pájaros por el cielo que me cubre. Suben, revolotean, me llaman para que me una a ellos. Estoy deseando seguirlos, pero el agua de mar me satura las alas, impide que me eleve. Los seres que odiaba están en el agua, son horribles criaturas con escamas que me arrancan la carne salada con sus dientes afilados. Me muerden una y otra vez, me arrastran bajo la superficie.
El pajarito blanco con manchas rosas se mete en el agua, me clava las garras en el pecho e intenta mantenerme a flote.
—¡No, Katniss! ¡No! ¡No puedes irte!
Pero los que odiaba están ganando, y si ella, mi pajarito, se aferra a mí, también estará perdida.
—¡Prim, suéltame!
Y, finalmente, lo hace.
Todos me abandonan en las profundidades. Sólo tengo el sonido de mi respiración, el enorme esfuerzo que supone absorber el agua y sacarla de los pulmones. Quiero parar, intento aguantar el aliento, pero el mar entra a la fuerza y contra mi voluntad.
—Dejadme morir, dejad que siga a los demás —suplico a lo que me retiene aquí. No hay respuesta.
Llevo atrapada días, años, quizá siglos. Muerta, pero sin morir del todo. Viva, pero como si estuviera muerta. Tan sola que cualquier persona, cualquier cosa, por desagradable que sea, sería bien recibida. Sin embargo, cuando por fin me visitan, es algo dulce: morflina. Corre por mis venas, amortigua el dolor, aligera mi cuerpo tanto que vuelve a subir y descansa sobre la espuma.
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